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Vivir en la frontera entre dos mundos

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Crecer y abrir las alas para alejarse del capullo familiar es lo que todos estamos destinados a hacer. Esta aventura, que contemplamos con tanta esperanza como aprensión, puede llevarnos a zonas remotas que nos hacen perder de vista lo que fuimos. A medida que nos abrimos paso en la vida, inevitablemente ampliamos la brecha entre nuestra familia y nosotros mismos. A medida que crecemos, nos damos cuenta de que los códigos culturales y los valores de estas esferas son muy diferentes, o incluso simplemente opuestos. ¿Cómo se puede hacer frente a estas realidades contradictorias? ¿A quién debemos dar nuestra lealtad? ¿A los que nos alimentan hoy o a los que lo hicieron ayer? Al intentar complacer a todo el mundo, acabamos perdiéndonos un poco.

Este proceso de distanciamiento o diferenciación de las personas más cercanas es bastante natural, pero aún debemos definir los límites de esta brecha. Querer ser independiente y dejar de obedecer órdenes van de la mano. Recibir comida cuando somos pequeños es sobre todo la recompensa por nuestra sumisión a las reglas de la casa. Es normal que, a medida que uno crece, cuando se gana la vida, deje de estar sometido a las reglas arbitrarias, aunque a menudo justas, de una tribu llamada familia. Nuestra obediencia acabaría por llegar a donde nuestros estómagos pudieran saciarse. Esto puede ser lo que llamaríamos el instinto de supervivencia, así que ¿debemos buscar alguna ética en ello?

Elegir un nuevo clan, ya sea el profesional o el íntimo, no debe obligarnos a renegar de nuestro pasado. Borrar los recuerdos es vivir en la amnesia. Pero, ¿podemos realmente jugar al equilibrio entre dos mundos mutuamente hostiles? Si no se puede vivir en el olvido, se puede caer en una forma de esquizofrenia.

La única lealtad que cuenta es la de nuestros propios valores, hayan sido o no influenciados por nuestra familia o nuestra vida adulta. Nuestra profesión y nuestra familia, aunque a menudo son la piedra angular de nuestro sustento, no deben sustituir lo que más apreciamos: nuestra conciencia personal. Nuestra capacidad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal para nosotros en términos de nuestros valores debería ser nuestra única brújula, incluso cuando se nos reprende por todos lados. Es difícil vivir con la culpa de haber fallado a los nuestros, pero es aún más lamentable perder nuestra vida por miedo a desagradar o decepcionar.

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