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¿Puede la identidad servirnos?

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Algunos representantes del mundo del desarrollo personal proponen la idea de deshacerse de toda identidad. La razón que se aduce es que la identidad representa un freno en la búsqueda de la verdad. La representación que tenemos de nosotros mismos actúa como un filtro que no permite que la verdad brille. Esta idea no es ni mucho menos nueva, sino que encuentra su origen en el budismo o el hinduismo a través del concepto de «maya», «ilusión» en sánscrito. La ilusión que cultivamos mediante un conocimiento erróneo del mundo actúa como una nube de opacidad entre la verdad y el yo.
Sabiendo esto desde hace muchos miles de años (el hinduismo tiene más de 4000 años), ¿cómo podemos ver entonces que la humanidad sigue aferrada a la idea de identidad?
En primer lugar, la búsqueda de la verdad no es un objetivo compartido por la mayoría de las personas. Vivir es a menudo una cuestión de búsqueda de la felicidad y es más cómodo vivir felizmente en la ignorancia de ciertas verdades que enfrentarse a ellas. Esto también explica el atractivo de la religión, que en algunos casos idealiza un mundo desconocido para todos.
La identidad es útil porque crea un vínculo y una cohesión social. La identidad nos permite integrar una narrativa ya hecha, ya sea individualista, familiar, comunitaria, nacional o incluso humanista (que defiende la especificidad y la solidaridad de la especie humana).
La identidad nos ayuda a encontrar el sentido cuando es difícil encontrarlo por nosotros mismos. Por ejemplo, nos apoya en momentos de dificultad, es a lo que nos podemos agarrar. Saber que tienes una misión o simplemente verte a ti mismo bajo una luz halagadora, aunque sesgada, puede ser bueno para construir la confianza. Sin embargo, basar la confianza en la mentira puede hacerla añicos en cualquier momento.

Muchas veces, la identidad es un resultado directo de nuestros hábitos, lo que en sí mismo parece saludable si el hábito es sano. Si alguien corre todos los días durante meses, desarrollará de forma natural la identidad de corredor, por no hablar de la de deportista. Si se abstiene de correr un día, esta falta de acción entrará en conflicto directo con su autoimagen de atleta. A menos que desarrolle una disonancia cognitiva, se verá impulsado a salir corriendo si quiere mantener esa imagen de sí mismo.

No todo el mundo aspira a una vida filosófica, religiosa o mística. Reducir nuestras identidades es deseable cuando son perjudiciales para nosotros. Debemos saber separar el trigo de la paja, es decir, quedarnos con las identidades que nos elevan y deshacernos de las que consideramos perjudiciales.

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