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No existe tal cosa como pensar bien

bien penser

Pensar es una palabra demasiado usada. Pensar es un acto cotidiano que realizamos con mayor o menor éxito. El pensamiento se detiene donde comienza el dogma o la doxa. El problema de nuestro tiempo, y quizás siempre ha sido así, es que tenemos una «bien-pensancia», es decir, una manta de plomo que se coloca sobre nuestras cabezas para evitar que nos desviemos del camino. Pensar bien es adherirse ideológicamente al pensamiento dominante sin desviarse del marco que se nos proporciona. Pensar bien es no pensar en absoluto, porque pensar es emprender un razonamiento a partir de axiomas y no de dogmas.

Cierto catecismo llamado progresista, procedente en la mayoría de los casos de las escuelas americanas de sociología, nos obliga a pensar con anteojeras. Por miedo a cruzar una línea roja que nos condene al ostracismo, nos convertimos a su vez en apóstoles de lo políticamente correcto.

Pensar en el siglo XXI es emanciparse del marco ideológico dominante del que difícilmente se puede escapar allí donde se encuentre. Pensar de verdad sin sensibilidad política es en sí mismo imposible porque la subjetividad humana puede teñir nuestro discurso, por lo que la neutralidad con la que se presentan los representantes del pensamiento correcto es cuestionable. Envolverse en la máscara de la virtud y la neutralidad es el mejor truco que se puede utilizar si se quiere anestesiar la mirada crítica de una población. Así que sí, tratemos de pensar, incluso lo impensable, es empujando todas las barreras del oscurantismo que podemos adquirir una verdadera mente crítica.

La historia la escriben los vencedores, pero la venganza de la historia la hace una dialéctica victimista que no sirve a las víctimas. Además, la historia puede ser escrita por otro bando, el de los que han ganado la batalla ideológica.

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