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¿Cómo podemos hacer del bien la brújula de nuestra vida?

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Todos aspiramos a la bondad, ya que nos permite mejorar nuestra autoestima y, en consecuencia, ser felices. Sin embargo, a pesar de esta aspiración común, observamos que este propósito no es realmente realizado por todos. Esforzarse por el bien sin alcanzarlo plenamente es bastante razonable, ya que se trata de un absoluto, sin embargo muchos se desvían en su búsqueda. ¿Cómo es posible?

En primer lugar, no todos hemos tenido la suerte de haber crecido en un entorno que favoreciera la adhesión a unos valores cuyo objetivo era acercarnos al bien. Al vivir en una época de nihilismo en la que «todos los valores» son iguales, ahora es más fácil perderse y acabar tomando un camino que nos lleve a la oscuridad del alma.

Yo diría sobre todo que para no perderse, no hay que rechazar la idea de la existencia del bien o del mal. El objetivo no es volverse maniqueo, sino reconocer que el bien existe, de lo contrario sería difícil querer ser un servidor de él. No es fácil saber siempre si vamos por el buen camino, sobre todo si nos negamos a cuestionarnos.
A menudo el problema radica en nuestra propia subjetividad: estamos obsesionados con lo que somos y esta relación egoísta con el mundo distorsiona nuestra capacidad de juzgar.

Cultivar una forma de humildad es esencial para mantenerse en el camino del bien. Observar a los demás y reconocer sus cualidades también es muy importante para mejorar uno mismo. Cuando nos volvemos demasiado egocéntricos, tendemos a ignorar la belleza de los demás mientras somos complacientes con nuestros propios defectos. Saber asombrarse de la belleza dondequiera que se encuentre es esencial para mantener el rumbo.

Todas las escuelas filosóficas, religiosas o espirituales enseñan de un modo u otro el camino de la virtud. Sus enfoques, aunque diferentes, pueden llevar al mismo resultado.

Por otra parte, el desarrollo de la virtud fue durante mucho tiempo una dimensión importante de la escuela que tenía una vocación moral. Sin embargo, dado que la idea de la moral o los valores ha desaparecido de muchos programas escolares, podemos entender la confusión en la que se encuentran los jóvenes. Esto es tanto más preocupante cuanto que estas andanzas se han extendido a una gran parte de nuestras élites, ya sean políticas o económicas. La incapacidad de expresar una opinión sobre lo que es bueno o malo muestra el nivel de decadencia moral que existe.

He aquí una pista que se puede poner en práctica en nuestra vida diaria para volver a conectar con esta idea:
Definir uno o varios valores por los que nos gustaría vivir: benevolencia, valor, justicia, verdad, honestidad, humildad, sabiduría, lealtad, audacia, respeto, apertura, curiosidad, solidaridad, amor, perdón, compasión, hermandad, amor, compasión, servicio, sacrificio, abnegación, etc.
Ver hasta qué punto podemos actuar para encarnar este valor
Actuar
Luego, medita sobre las intenciones y las consecuencias de la acción. ¿Hemos estado a la altura del valor que queríamos encarnar?

Repite el proceso con tantos valores como sea posible para todas las acciones diarias y elecciones de la vida

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