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Convertirse en el hombre o la mujer de un nuevo Renacimiento

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Si hay un periodo inspirador en la historia, es el Renacimiento, que vio resurgir figuras gloriosas y visiones de la existencia del pasado antiguo, largamente olvidadas. Este episodio de la historia occidental constituye una especie de idealización de los Antiguos, borrando al mismo tiempo los defectos que no se querían ver (esclavitud sistémica de las sociedades antiguas, gerontocracia y patriarcado, etc.). Sin embargo, este Renacimiento tuvo lugar y fue la chispa de otros movimientos de pensamiento (la Ilustración, etc.) que nos han llevado a donde estamos hoy, es decir, a la era moderna y a los principios cardinales sobre los que no nos atreveríamos a retroceder (la igualdad entre los seres humanos, el derecho de los pueblos a la autodeterminación, etc.).

Más allá de los conceptos y de la estética surgida del Renacimiento, no hay que olvidar que este ideal se encarnó en los famosos hombres del Renacimiento, término que posteriormente tuvo una definición que aún hoy se puede aplicar y que es sinónimo de eclecticismo. El hombre o la mujer del Renacimiento cultiva cualidades plurales en todas las artes que el cosmos ha puesto a disposición de los hombres. Pueden estar relacionados con la literatura, la música, la esgrima, la danza, el estudio de idiomas, etc.

La visión del hombre o la mujer del Renacimiento sólo era posible en la medida en que existiera una clase ociosa que pudiera entregarse a diversas actividades de ocio (las palabras ocio y ocioso tienen la misma raíz etimológica). Esta clase privilegiada vivía a expensas de las otras clases, las clases trabajadoras y comunes.

Hoy en día, tenemos derecho a preguntarnos si podemos volver a esa época, pero con una especie de masificación de este fenómeno. En la medida en que la productividad horaria aumenta constantemente, podemos decir que la población podrá liberar más tiempo de ocio para mantener los mismos salarios o incluso mejores (esto depende de la voluntad política). Lógicamente, cabe esperar que ese tiempo sobrante se ocupe en actividades correspondientes a un ideal humano, por qué no al del Renacimiento, que fue también una emancipación del trabajo religioso fomentado durante toda la Edad Media (para combatir la acedia, que es la pereza espiritual). En una época en la que las sociedades más desarrolladas suelen ser las menos religiosas, es razonable revivir este ideal desaparecido. Ciertamente, esto es lo que ya está ocurriendo, la búsqueda de un cierto bienestar (la manía del yoga, el deseo de aprender a lo largo de la vida, etc.) y un equilibrio en la vida es, en cierta medida, un signo de la consecución de un ideal humano.

Aprender de los demás: tu maestro está en todas partes

Se dice que hay dos tipos de personas en este mundo: las que son ejemplos a seguir y las que son modelos a evitar.

Las personas son una gran fuente de aprendizaje porque todos tienen algún grado de cualidades y defectos. Una cualidad puede ser natural o adquirida. Por ejemplo, una persona puede ser diligente o respetuosa por naturaleza, por lo que es esencial saber cómo ha desarrollado sus cualidades. Del mismo modo, uno puede ser el amo de todos hasta cierto punto. El único requisito es poder distinguir el modelo del contramodelo. El principal problema es que a veces no tomamos a la persona adecuada como modelo o incluso como héroe, lo que contribuye a ir por el camino equivocado.

Es importante preguntarse, cuando vemos o hablamos con alguien, si queremos ser como esa persona y por qué. ¿Cuáles son las virtudes que queremos emular? ¿Por qué esta persona es tan especial para nosotros? Por otro lado, debemos identificar las cualidades que no se corresponden con nuestros propios valores o las que queremos desarrollar en nosotros mismos.
Además, es bueno ser agradecido con cualquier profesor que se acerque a nosotros. Efectivamente, alguien le dará una lección sobre cómo ser o no ser. Además, podemos encontrar cualidades buenas y malas en cada uno de nosotros, ya que nadie es siempre completamente «malo» ni completamente «bueno». Sin embargo, tenemos que desarrollar tanto nuestro espíritu crítico como nuestro espíritu de reconocimiento.

Para ello, debemos convertirnos en buenos oyentes y observadores. Si adoptamos esta actitud, podremos ser dignos de ser escuchados porque habremos aprendido valiosas lecciones a lo largo de nuestra vida.
Un buen oyente puede convertirse en un buen líder e incluso en un buen orador, lo contrario no es necesariamente cierto.

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