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Inutilidad en el siglo XXI

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En un mundo que cambia rápidamente, los paradigmas económicos se transforman para adoptar la apariencia de simplicidad y sentido común. En su libro «Bullshit jobs», David Graeber explica cómo los empleos generados por la modernidad son absurdos, inmorales y, en algunos casos, estúpidos. La revolución de las tecnologías de la información ha creado un mundo paralelo en el que los trabajos no tienen el mismo sentido que antes. Según la Wikipedia, esta es la tipología de trabajos del autor:

Los «Chiflados», que sirven para mejorar a los superiores o clientes

Los «portadores de armas» o «esbirros», reclutados porque los competidores ya emplean a alguien en este puesto, y cuyo trabajo tiene una dimensión agresiva

Los «parcheadores» o «escayolistas», empleados para solucionar problemas que podrían haberse evitado

Los «box tickers», reclutados para que una organización pueda fingir que se ocupa de un problema que no tiene intención de resolver

Pequeños jefes» o «capataces», que supervisan a personas que ya trabajan de forma independiente.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La especialización del trabajo ha llevado a un aumento de la productividad sin precedentes. Pero esta hiperespecialización choca con las aspiraciones humanas más profundas. Un ser humano no quiere ser un engranaje en una rueda, aspira a mucho más que eso. Y, sin embargo, el dinero suele estar a la puerta de las profesiones más especializadas, por lo que trazamos un límite a la posibilidad de realizarnos en nuestro trabajo.

Sin embargo, esta era está llegando a su fin. Un mundo en el que la automatización y la inteligencia artificial son la norma, hace que estos trabajos de mierda sean igualmente obsoletos.

Ser inútil hoy puede significar ser útil mañana. Podemos esperar una inversión de valores como resultado de esta última revolución.

La productividad y la riqueza global aumentan. Lo que escasea es el empleo y, sobre todo, las nuevas competencias necesarias para satisfacer el mercado. Este cambio plantea el problema de la utilidad de las personas en las llamadas sociedades modernas, donde el trabajo es la principal fuente de realización personal, a menudo antes que la familia o cualquier otra consideración antropológica.

La masificación de la inutilidad puede ser motivo de regocijo si sabemos darle un resultado saludable. Hay que distinguir entre dos tipos de utilidad, la vinculada a la sociedad, a los demás seres humanos, y la vinculada a la economía. Poco a poco nos dirigimos hacia una sociedad en la que la utilidad económica de la población será casi nula. Lo que estamos presenciando es una economía de robots y algoritmos que sustituirán a los humanos en su función productiva. No será así, al menos así lo espero, en asuntos puramente humanos como la reproducción, las relaciones sociales o la asistencia a las personas más frágiles. Gracias a esta masificación de la inutilidad económica, la humanidad podrá centrarse en las funciones puramente humanas en el sentido antropológico del término. Por supuesto, este nuevo modelo plantea la cuestión de la distribución de la riqueza. ¿Cómo podemos seguir viviendo en una sociedad si no podemos generar nuestros propios medios de subsistencia? Por el contrario, aumentará e incluso podemos conjeturar razonablemente que la riqueza per cápita crecerá tanto como en el siglo XX a pesar de la explosión demográfica. El siglo XXI parece, pues, la muerte del homo economicus. ¿Pero qué clase de hombre producirá? ¿Un homo spritus? ¿O un homo ecologicus? ¿O el homo sophus (hombre sabio) frente al homo sapiens (hombre de conocimiento)?

Esta transformación es difícilmente predecible, la trayectoria de la humanidad será única en el sentido de que nunca ha existido una sociedad totalmente libre de trabajo. Ha habido sociedades esclavistas en las que una pequeña parte de la población disfrutaba de una ociosidad casi total, pero lo que podemos esperar será probablemente muy diferente. La desaparición del empleo puede amenazar el valor del trabajo. Hoy en día, el trabajo se valora sólo en su dimensión mercantil (empleo). Todo el trabajo que no se mercantiliza se desprecia o se oculta. Una sociedad que ya no se basa en el empleo puede ceder a la tentación de deshacerse del trabajo y de su dimensión puramente social y humana. De ser así, asistiríamos al advenimiento del homo voluptas u hombre hedonista. En tal situación, sólo podemos deplorar el declive de la civilización, que se hundirá por su nihilismo, como lo han hecho las sociedades del pasado.

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