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Belleza exterior, reflejo interior

beauté

Ser sensible a la belleza externa, ya sea expresada en la arquitectura, la poesía o la armonía física en general, parece ser un indicador de nuestra presencia en el mundo. Apreciar la belleza es simplemente encontrar una conexión entre nuestro mundo interior y lo que nos rodea. Estos dos hemisferios entran en resonancia. Así, para ser receptivos a la belleza exterior, primero debemos saber cultivarla en nuestro interior. En cierto modo, debemos pulir nuestro espejo para que refleje la belleza que está presente en todo momento.
Hay varias expresiones de esta belleza. Puede ser moral o estética. Puede tocar una de las dimensiones de nuestra inteligencia, visual, lógico-matemática, cinestésica, etc. Si queremos acercar la idea de belleza a otro concepto, podría ser la armonía. ¿Podemos pensar razonablemente que alguien profundamente arraigado a la belleza se vea abocado a cometer actos moralmente reprobables? A priori no, pero es cierto que los desequilibrados pueden manifestar una atracción por la belleza y cometer actos horrendos. Del mismo modo, algunas personas que conectan con la belleza de forma superficial también se ven abocadas a actuar mal. La belleza, cuando se entiende en profundidad, nos sacude en el nivel más básico: nuestra conciencia. El núcleo de la belleza es nuestra ética y, si ésta se cultiva bien, tiene un efecto transformador en todos los niveles de nuestra vida. La armonía que llegamos a percibir es simplemente la perfección interior que está esperando para fundirse con nuestro entorno.

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