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¿Tenemos el derecho o la opción de no entrar en la arena?

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Cómo superar el ego o la competitividad

Todo nos empuja a enfrentarnos. La escuela es el lugar donde tienen lugar las mayores batallas del ego. Educa a los niños para que luchen por la excelencia a través de la competición. Esta formación provoca estrés y decepción. No sabes si debes vivir toda tu vida así, porque la competencia nunca se detiene, desde la cuna hasta la tumba, todo es en definitiva un juego de comparación. Entonces, ¿cómo enfocar la vida fuera del prisma de la competición?

No todo el mundo puede hacer lo que le gusta. Sin embargo, todos tenemos la oportunidad de elegir un camino propio. Cuando hacemos algo que nos gusta, la competencia pierde mágicamente el interés. La sed de victoria suele estar vinculada únicamente a una compensación por la carga de un trabajo que no nos gusta. Cerrar los ojos a lo que amamos significa abrir el corazón a los miedos de la existencia. Cuando sólo buscamos ganar, olvidamos que la belleza de la vida reside en una relación desinteresada con el mundo. La dominación de los demás no es más que una huida de ella la mayoría de las veces. Sólo es un signo de la incapacidad de encontrar un verdadero sentido a la propia existencia. La vida no debe enfocarse sólo desde la perspectiva del conflicto.

Querer ser la mejor versión de uno mismo es encomiable, pero querer aplastar a los demás a toda costa es cuestionable e incluso preocupante. Puedes elegir una carrera que te guste sin tener que convertirte en un gladiador. A largo plazo, es más beneficioso esforzarse por lograr la armonía con los demás y la excelencia personal que aferrarse a la ilusión de la victoria sobre sus contemporáneos.
Por último, la adhesión a esta ideología del conflicto no es más que un signo de nuestra naturaleza gregaria: nos hemos plegado a las reglas del juego que nos han impuesto sin resistir la tendencia humana natural (especialmente muy observable en los niños) a compartir y conciliar.

No seamos víctimas de un pensamiento dominante que intenta aplastarnos empujándonos a la oposición con nuestros hermanos y hermanas en la humanidad. Al aferrarnos con demasiada fuerza a nuestras identidades (de cultura, sexo, nación, etc.) nos volvemos fácilmente manipulables, por lo que es más que necesario desprendernos de tales representaciones. De este modo, podemos cultivar la benevolencia hacia el prójimo. Habremos sido capaces de ir más allá de las máscaras y las apariencias para conectar con nuestra naturaleza más profunda que es la bondad.

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