sex videos
clothed whore gets fucked. porn-of-the-week.com guy worship feet to three secretaries.
sexdiver.net
You are here

Las personas a las que más apreciamos suelen ser aquellas que han desarrollado los mecanismos de defensa psicológicos más maduros

Él Tenía Esa Manera de Desaparecer Cuando las Cosas Iban Mal

Él tenía esa manera de desaparecer cuando las cosas no iban bien. No dando un portazo, no. Solo volviéndose un poco más silencioso, un poco más ausente. Su esposa decía de él: «Va al combate solo». Y era cierto. Regresaba de sus cavernas interiores con las manos vacías, pero la frente serena, sin haber depositado jamás su carga sobre la mesa del comedor. Su hermano, en cambio, gritaba su dolor al mundo entero, convencido de que compartir era derramar. Uno había aprendido en el estruendo del silencio, el otro en el eco de su propia voz. ¿Cuál de los dos había atravesado realmente la tormenta?

Lo Que Atrae Irresistiblemente de una Persona

Lo que atrae irresistiblemente de una persona no es tanto su brillo natural sino la pátina suave de sus heridas comprendidas. Los seres más amables no son aquellos que nunca han sufrido, sino aquellos que se han tomado el tiempo de sentar su dolor para interrogarlo. Tienen esa rara elegancia de no reproducir los errores que vieron cometer, como si hubieran heredado, por la simple observación, la sabiduría de las generaciones. Su presencia es una confidencia muda: «He atravesado, he mirado, he elegido no transmitir el dolor».

Todos tenemos nuestras neurosis. Lo que realmente nos diferencia es la forma en que elegimos enfrentarlas.

La Negación

La negación se presenta como un suave sedante, una tregua ofrecida a la mente demasiado frágil. Los diccionarios la califican de «inconsciente», «protectora», casi benevolente. Sin embargo, no es más que un trato de engaños con uno mismo. Porque lo que se rechaza en la puerta de la conciencia entra por la ventana del cuerpo o del acto. Un día, el silencio se vuelve síntoma, el olvido se convierte en violencia. Lo que se ha negado a llorar, se hará sangrar. Lo que se ha negado a ver, uno se convertirá en ello a pesar suyo. La negación no borra nada; solo pone el dolor en cuarentena, hasta que se escapa y lo contamina todo.

La negación nunca es un asunto privado. Al negarse a ver lo que es, se obliga al otro a ver lo que no es. Cada palabra eludida, cada silencio puesto como una tapa sobre una olla hirviendo, se convierte en una atmósfera. Los seres queridos, por su parte, respiran ese malestar sin poder nombrarlo. Son los espejos involuntarios de nuestras heridas mudas. La incomodidad que sienten en nuestra presencia no es otra cosa que nuestro propio dolor, depositado en ellos como un equipaje olvidado, que termina pesando sobre sus hombros.

Uno cree cerrar las contraventanas sobre su pasado, pero los otros siempre ven la luz que se filtra. Lo que uno se prohíbe mirar, ellos lo leen en nuestros tics, nuestros silencios, nuestras iras demasiado repentinas. La relación se convierte entonces en ese terreno baldío donde uno avanza a tientas mientras el otro pretende que el suelo es llano. No es posible un encuentro cuando uno de los dos no se ha encontrado a sí mismo. Porque amar es, ante todo, haber hecho el viaje hacia uno mismo, para poder acoger al otro sin pedirle que cargue con su equipaje.

La Proyección

Podría pensarse que la proyección es una mentira, pero es mucho más: es una verdad desplazada. Cuando acuso al otro de lo que me corroe, digo una verdad —la mía— situándola en el lugar equivocado. La acusación es sincera, pero el culpable es falso. Así, puedo pasarme la vida combatiendo en los otros lo que debería curar en mí mismo. Me convierto en un justiciero de la sombra, persiguiendo mis propios defectos disfrazados de enemigos externos. La proyección es esa guerra perdida de antemano, donde uno lucha en todas partes excepto en el único campo de batalla que importa: uno mismo.

Así, el alma que lleva en sí el terror del vacío o la atracción prohibida del fruto prohibido puede, por un extraño volteo, prestar sus propias inclinaciones al ser que comparte su lecho. Inquieto por su propia debilidad, termina por sospechar que el otro ha sucumbido a ella. Estos agravios, repetidos y constantemente renacientes, aunque desprovistos de todo fundamento, no son entonces más que el espejo tendido hacia uno mismo; traicionan menos la falta del acusado que la profunda perturbación del acusador, cuya mente, para preservarse, proyecta sobre la realidad externa el fantasma de sus propios demonios.

Este fenómeno es de una banalidad desconcertante, y no perdona ninguna de nuestras relaciones. Existe como una secreta correspondencia entre el lenguaje que tenemos con nosotros mismos y el que dirigimos al mundo: cuanto más nos esquivamos a nuestras propias carencias, más nos mostramos reacios a nuestros propios defectos, más nos resulta imposible ofrecer a los demás esa indulgencia natural que nos negamos a nosotros mismos. Así, nuestras relaciones con los otros no son nunca más que el espejo fiel de nuestras guerras interiores —un espejo sin complacencia donde vienen a reflejarse, a veces cruelmente, las batallas que libramos en la sombra de nuestra conciencia.

Escisión (Todo Bueno / Todo Malo)

Cuando el alma, atormentada por sus propias contradicciones, ya no logra contener el tumulto que la habita, busca un refugio en la simplificación del mundo. Así nace esa visión maniquea donde todo se reduce al brillo del bien o al abismo del mal, sin que jamás pueda insinuarse esa luz tamizada que hace la verdad de las cosas. Pero esa división inflexible es un señuelo: a fuerza de querer separarlo todo, se pierde la facultad de abrazar lo real en su complejidad. La verdad, sin embargo, se encuentra siempre en ese entremedio, en ese claroscuro donde las sombras mismas tienen su gracia, y donde el bien y el mal, lejos de excluirse, componen juntos la trama secreta de la existencia.

Hay momentos en que la mente, cansada de sí misma, elige el mapa más simple para atravesar el territorio. La escisión es ese atajo: una vía rápida que promete sacarnos del tumulto, poner fin a la indecisión. En lugar de enfrentar los meandros de lo real, se lo reduce a dos colores nítidos, a dos bandos irreconciliables. Es más cómodo, más rápido de pensar, más rápido de decidir. Pero este mapa es una mentira: borra las colinas, ignora los arroyos, simplifica tanto el paisaje que uno termina perdiéndose en él. Nuestros juicios entonces se extravían, nuestras decisiones se rompen contra escollos que no supimos ver. Y así es como siempre se delata ese viejo reflejo: cuando el mundo, ante nuestros ojos, pierde sus grises para ser solo contraste —todo blanco o todo negro—, es que nuestra mente ha elegido la facilidad del sueño contra la complejidad de lo verdadero.

Idealización / Devaluación

Es el mismo vértigo, la misma imposible medida: el otro se vuelve alternativamente sol o polvo, sin poder habitar jamás esa luz tamizada que es la de los seres verdaderos. La idealización nos arrulla, pone un velo dorado sobre nuestros miedos, adorna al ser elegido —amante, guía, ídolo— con tanto brillo que olvidamos nuestra propia fragilidad. Pero todo sueño tiene su despertar. Y cuando la ilusión se rompe, es para caer en el exceso contrario: el mismo rostro amado se cubre de sombras, los defectos crecen como monstruos, y rechazamos con violencia lo que habíamos estrechado con demasiada ternura. Así va el péndulo del corazón, de un polo al otro, sin detenerse jamás en esa zona templada donde viven los hombres. Y este movimiento perpetuo termina por sacudir hasta los lazos más sólidos, hasta la paz que buscamos en nosotros mismos.

Nuestra ceguera primera, ese encantamiento que nos embarga en los comienzos de una relación, lleva en germen todos los desencantos venideros. Porque el otro, en su secreta lucidez, siente bien que no está a la altura de la imagen que nos hemos hecho de él; esa generosidad ciega le incomoda más de lo que le halaga. Presiente que el ídolo de hoy será la víctima de mañana, y esta inquietud envenena de antemano la dulzura de los intercambios. Mejor sería, desde el principio, consentir en ver al otro tal como es, con sus sombras y sus luces, sus grandezas y sus pequeñeces. Porque la confesión de las debilidades tranquiliza; ancla la relación en una verdad que no teme al tiempo. Sin esa honestidad primera, el otro vive en el terror del despertar, acechando el momento en que nuestros ojos se abrirán a sus imperfecciones.

Es verdad que nuestro amor propio a veces encuentra su cuenta en esta admiración sin medida. Ser adornado con cualidades que no se poseen, gozar de una estima que no se ha merecido, halaga gratamente esa necesidad de reconocimiento que duerme en cada uno. Pero es un trato de engaños. Pasan los días, el velo se rasga, y la verdad, inexorablemente, recupera sus derechos. Así, de una y otra parte, uno se encuentra prisionero de una ilusión que no puede durar. La única sabiduría es, pues, negarse a entrar en este juego engañoso, preferir al brillo facticio de la idealización la luz más sobria, pero más segura, de la verdad.

Agresión Pasiva

Hay hostilidades que nunca toman las vías reales del enfrentamiento declarado. Prefieren los caminos secundarios, los lindes donde la responsabilidad se diluye en la ambigüedad. Así nace la agresión pasiva, esa guerra fría de lo cotidiano: un retraso que se repite, un silencio que se eterniza, una ironía que muerde sin confesar jamás su mordida, un sabotaje tan discreto que podría pasar por torpeza. Es una manera de decir el conflicto mientras se rehúsa asumirlo, de herir sin ensuciarse las manos. Pero este veneno lento hace su obra: la confianza se desmorona, el aire se enrarece, y quienes sufren estos golpes sin estrépito sienten la tensión aumentar sin poder nombrarla, prisioneros de una guerra cuya declaración se les oculta.

Es saludable, cuando sorprendemos en nosotros esos movimientos oblicuos, esas hostilidades disfrazadas, detenernos un instante para interrogar su fuente. Pero esta introspección es de una dificultad extrema: la agresión pasiva es, por naturaleza, lo que escapa a nuestra conciencia, lo que actúa en nosotros sin nosotros. Pertenece a esas regiones oscuras del alma que preferimos no visitar. Sin embargo, si encontramos el valor de mirar allí, casi siempre descubrimos algún huésped vergonzoso: una envidia que no osa decir su nombre, una impotencia para enfrentar al otro cara a cara, un sentimiento de indignidad tan profundo que prefiere la venganza oblicua a la petición explícita. Cuantas heridas ocultas que, por falta de ser reconocidas, continúan actuando en la sombra y envenenando nuestras relaciones.

Paso al Acto

El paso al acto es cuando la emoción demasiado tiempo amordazada termina por tomar el poder —pero sin las palabras, sin la conciencia, sin el consentimiento. Una puerta que se cierra de golpe, una relación que se sabotea de un solo gesto, una noche de gastos desenfrenados, una crisis de llanto o de ira que surge de la nada. Por no poder decir: «sufro», «estoy enfadado», «tengo miedo», se muestra. Se hace. Y en el momento, alivia. Es incluso terriblemente aliviador. Pero al día siguiente, hay que recoger los pedazos. Porque el acto, él, no se borra. Ha dejado huellas, heridas, a veces ruinas. El paso al acto es un desahogo que cuesta caro: apaga el fuego interior, pero prende fuego alrededor.

Hubo un tiempo, para casi todos, en que las tormentas interiores encontraban su salida en el rayo. La adolescencia es esa estación en la que aún no se sabe contener el trueno, en la que los gestos salen antes que los pensamientos, en la que se rompe sin saber por qué, excepto que alivia un instante. Luego vienen otras edades, y uno aprende poco a poco a domesticar esas tempestades. Se les dan nombres, palabras, diques. El paso al acto se vuelve más raro, como una vieja tormenta que solo vuelve a regañadientes. Pero algunos permanecen, a pesar de los años, a pesar de las lecciones, los niños terribles de sus propias emociones. Continúan cerrando puertas de golpe, cortando en lo vivo, consumiendo sin pensar. Y esa guerra que libran a ciegas, la libran también contra quienes los aman —espectáculo doloroso que estos adultos a quienes el tiempo no ha suavizado, en quienes el acto ha reemplazado a la palabra, y la descarga, a la paz.

Identificación Proyectiva

Es un juego de espejos mucho más turbio: uno presta al otro una emoción, una segunda intención, y mediante sus propios actos, obliga al otro a asumir ese reflejo. Tal ese individuo que, a fuerza de frialdad y hostilidad, termina por volver al otro realmente distante. Así se teje una espiral deletérea, una trampa relacional donde cada uno se encuentra asignado a un rol que no ha elegido.

En su principio, se trata de una maniobra de evitación por asimilación: para no sostener la confrontación con sus propios estados de ánimo incómodos, el sujeto tiende a reducir al otro a su propia medida. El receptor de esta empresa de duplicación experimenta entonces una alteridad vivida como «tóxica», es decir, como un intento de delegación de los residuos afectivos que el sujeto no puede o no quiere asumir.

Pensamiento Mágico

El pensamiento mágico corresponde a lo que podríamos llamar una confusión ontológica: postula la eficacia causal de la intencionalidad subjetiva sobre el curso de las cosas objetivas. Este mecanismo, a menudo movilizado ante un sentimiento de impotencia ante el exceso de lo real, busca restaurar una soberanía perdida. Pero al sustituir la invocación por la acción, mantiene al sujeto en lo ilusorio y lo exime de la prueba, sin embargo necesaria, del enfrentamiento con el mundo.

Es una escena que se representa en cada uno de nosotros, una escena donde nuestros pensamientos se creen actrices capaces de reescribir el guion del mundo. Las religiones, esas grandes puestas en escena colectivas, son la prueba evidente. En el niño, es un juego de roles, una escena sin consecuencias. Pero cuando el adulto continúa jugando solo, rigiendo su vida mediante esos bastidores encantados, se convierte en un personaje aparte, a quien los demás miran con vergüenza ajena, como un actor que hubiera perdido el hilo de la obra común. Para reencontrar el camino del escenario, hay que escudriñar entonces sus propias réplicas, desenmascarar lo irracional que se esconde en ellas, y reaprender a actuar en el mundo real.

Somatización

Cuando las palabras faltan, cuando la boca permanece cerrada sobre lo que no puede decirse, entonces el cuerpo toma la palabra. Habla mediante punzadas, mediante nudos que aprietan la nuca, mediante ese mal sordo que retuerce el vientre o esa migraña que golpea las sienes como un puño contra una puerta. No es una ilusión, es la voz muda de una pena sin lenguaje, el último asilo de lo que no pudo encontrar su lugar en las frases.

Este fenómeno, sin embargo familiar, es objeto de una negligencia epistémica y práctica: no escuchamos lo que el cuerpo, en su materialidad significante, busca decirnos. Ahora bien, una reducción, incluso una prevención de la somatización, es posible mediante una hermenéutica de lo cotidiano. La observación reiterada de las señales somáticas, asociada a una reflexión sobre su posible anclaje afectivo, constituye una vía de apaciguamiento. Esta empresa requiere una forma de vigilancia hacia uno mismo, una disposición íntima a cultivar prácticas que afinen la atención prestada a esa carne que, silenciosamente, nos habla.

Retiro Autista

Se trata aquí de un movimiento de retirada por el cual el sujeto, para sustraerse a los rigores del principio de realidad, elige domicilio en un mundo interior del que es el único demiurgo. La ensoñación, como modalidad ordinaria de la vida psíquica, no puede ser confundida con esa fantasía autista que, al sustituirse a la acción, al vínculo social y a la inversión objetal, instituye la ausencia como modo de ser en el mundo. El sujeto, entonces, ya no habita lo real; se ha hecho otro, más dulce, pero inhabitable para los demás.

Hay infancias que se despliegan en la seda de una soledad poblada solo de ausentes. El hijo único, o aquel a quien la edad o el sexo separan de su fratría como un vidrio, lleva en sí ese vacío que lo real no colma. Entonces, para escapar al gris de los días sin réplica, teje, en el secreto de su habitación, una tela de imaginario. Los libros de fantasía se convierten para él en esas cámaras de eco donde sus propios sueños cobran consistencia; los videojuegos, esas catedrales de píxeles donde él, el borroso, puede revestirse de la púrpura de un papel principal. Así, por la brecha del sueño, se evade de un mundo donde no es más que comparsa, para reinar, el espacio de una lectura o de una partida, sobre reinos que solo existen para él.

Pero cuando la madurez llega, ese jardín secreto donde uno cultivaba en paz sus sueños se convierte en un recinto que aprisiona. Lo que la infancia vestía de indulgencia, lo que sus primeros años toleraban como un capricho encantador, se trueca poco a poco en una muralla que separa al adulto del mundo. Por querer poblar demasiado tiempo su soledad de quimeras, se pierde el camino de los hombres; ya no se sabe andar en la luz cruda de lo real, ni sostener el peso de las miradas que, ya no siendo las, enternecidas, puestas en el niño, juzgan ahora al extraño adulto con la dureza que se reserva a quienes no han querido crecer.

Regresión

Así es que bajo la presión de un malestar interior del que no se sabría decir si procede del mundo o de uno mismo, uno se sorprende desatando los hilos de lo que creía haberse convertido. Se deja deslizar, por una pendiente tan suave que no se distingue del cansancio, hacia un estado anterior, donde la mano buscaba una mano, donde la más mínima desazón llamaba una palabra consoladora. Uno se vuelve quejumbroso, dependiente, reclamando atención como antaño reclamaba una mirada antes de dormirse; se rehúsa a decidir, tanto la voluntad se escurre, como si se esperara secretamente que el tiempo pudiera ser abolido, y que se pudiera reencontrar esa época —que, sin embargo, nunca se ha abandonado realmente— donde uno se sentía protegido. Pero esta regresión, que es un intento inconsolable de reparación, termina por encerrarnos en una nueva impotencia, y pesa sobre el entorno con una carga que este, en su misma bondad, no puede llevar indefinidamente.

Mecanismos Intermedios: Mejor Que Nada, Pero Insuficientes

Estos sedimentos del alma, que tomamos por murallas, no son en realidad más que tabiques de vidrio esmerilado. No rompen el dolor con la violencia salvaje de los reflejos primitivos; lo tamizan, suavizándolo con una luz de invierno. Instauran en nosotros una calma, una cámara cerrada donde el soplo de la vida parece contenido, ofreciendo a nuestro yo una forma de estabilidad valiosa pero precaria, semejante a esos equilibrios que solo la conciencia de un gesto a evitar permite mantener. Contienen el flujo de las lágrimas para que no desborde la orilla, pero al detener la corriente, transforman el río en pantano estancado, impidiendo así el lento trabajo de la memoria involuntaria y de la germinación interior.

Represión

La represión es un depósito en la bodega. Una operación de almacenamiento vertical. La mente se hace geómetra, arquitecta del sótano. Excava en sí misma mazmorras, silos donde depositar el grano demasiado pesado de la memoria. No es un rechazo, es un enterramiento. No se destruye el objeto doloroso, se le asigna una profundidad. Se le confía a la noche interior. El equilibrio se restablece, no por desaparición del peso, sino por su desplazamiento hacia los cimientos. La conciencia, en la superficie, recupera su ligereza, su horizontalidad pacífica. Pero la bodega existe, llena, oscura, y a veces sus suspiros suben por las grietas del suelo, recordando que la casa del ser tiene profundidades que solo piden darse a conocer.

Este mecanismo, en el instante del trauma, es como esa mano socorredora que, en el tumulto, nos retiene y nos impide caer. Nos permite, a pesar del dolor, seguir andando, parecer, vivir. Pero lo que así fue relegado a los sótanos de la memoria no permanece inerte allí. Vela. Vive una vida oscura, y por momentos, se nos recuerda mediante signos: un malestar sin causa, un gesto repetido incansablemente, una emoción que estalla fuera de proporción con el evento que la suscita. La represión, en sí misma, no es la enfermedad. Es ese médico de campaña que cura las heridas en la urgencia. Solo se vuelve funesta cuando se instala, cuando la cámara cerrada que abrió para una noche se convierte en morada permanente, y cuando el alma, a fuerza de vivir en sus sótanos, olvida que tuvo un día ventanas.

Este esfuerzo de mantener fuera de la conciencia nunca es sin costo. Drena, como una fuga insensible en una vasija demasiado llena, la energía más preciosa del espíritu. Porque hay que velar sin cesar, retener sin cesar la puerta que la memoria empuja. Se vive entonces en ese estado singular que es el del velador: se cree en la calma, pero el oído acecha; se cree en paz, pero se siente que bajo el suelo, algo se mueve. Y esta certeza de que lo que fue apartado puede, en cualquier momento, resurgir, nos mantiene en un temblor permanente. De modo que los sentimientos que creíamos haber relegado —la tristeza antigua, la ira mal apagada, esa nostalgia que es como el perfume de un ramo marchito, o ese remordimiento que roe en secreto— continúan habitando las habitaciones vecinas de nosotros mismos, y logramos, en el silencio, percibir sus murmullos.

Racionalización

La racionalización es esa facultad elegante y engañosa por la cual la mente, después del hecho, viste con un ropaje de lógica lo que procede en realidad de movimientos más oscuros. Inventa razones donde solo hubo causas, construye puentes de palabras sobre los abismos del corazón. Así, quien acaba de sufrir un rechazo se convence, con una convicción casi sincera, de que esa posición, en verdad, no le convenía; se recita a sí mismo los motivos de ese desamor retrospectivo con tanto arte que la decepción parece desvanecerse. O bien, tras el desgarro de una separación, uno se oye declarar, con una voz que quisiera firme, que fue lo mejor que pudo pasar, mientras que en el fondo de sí, en la cámara cerrada donde la conciencia no penetra, el sufrimiento continúa su obra sorda, como un piano que se oyera tocar, amortiguado, a través de los muros de un apartamento vecino.

Este mecanismo es como un ungüento aplicado sobre una quemadura aún viva. Protege al yo del dolor que, al descubierto, sería intolerable. Pero este bálsamo, al calmar, nos aleja también de la verdad de nuestra propia carne, de esa sensación primera y profunda que era la nuestra antes de que la mente emprendiera velarla. Elabora de nosotros mismos un relato, una figura aceptable, domesticada, que podemos mirar de frente sin inmutarnos. Y mientras aguante esa fachada, mientras no se caiga el revoque, podemos avanzar, andar por la vida con un paso que se quiere seguro. Pero ese paso, por regular que sea, nos aleja de nosotros mismos. Rodea, sin entrar jamás en ella, la cámara secreta donde yace, ignorado de nosotros, lo que verdaderamente deseamos, lo que verdaderamente somos.

No hay nadie, creo, que no haya recurrido algún día a este expediente del alma. Todos somos, en grados diversos, secretamente cómplices. Y esta complicidad no tiene, en sí misma, nada de condenable. Porque hay sabidurías antiguas, de esas filosofías que nos vienen de los griegos y los romanos, que reposan sobre un principio vecino: el arte de aceptar lo que no puede ser cambiado. ¿Y qué camino más dulce, para lograrlo, que persuadirse de que lo que ha sucedido es, todo bien considerado, preferible? ¿Que el vino derramado habría sido quizás demasiado amargo? ¿Que el camino que se interrumpe ante nosotros nos evita, sin que lo sepamos, una pendiente aún más peligrosa? Así, por un desvío delicado, la razón se hace cómplice del destino, y el alma, arrullada por esta música interior, encuentra en la misma ilusión un principio de paz.

Intelectualización

La intelectualización es para la racionalización lo que la cámara frigorífica es para la despensa: una variante más austera, más despojada de la calidez humana. El individuo, aquí, no se contenta con buscar motivos aceptables para su pena; eleva su dolor al rango de objeto de saber, lo contempla desde fuera como se mira una preparación bajo un vidrio de microscopio. Hablará de su pesar como de un fenómeno sociológico, evocando los ritos funerarios de civilizaciones desaparecidas con la misma distancia apacible que si no se tratara del suyo propio. Del trauma que lo habita, hará la exposición de un proceso neurológico, detallando los circuitos de la amígdala y las descargas de cortisol con la precisión fría de un clínico que describe el caso de otro. El dolor está ahí, sin embargo, intacto, pero ha construido a su alrededor un museo de espejos donde puede deambular sin tocarlo jamás.

Esta facultad de distanciamiento, que llamamos intelectualización, encuentra su utilidad en esos instantes en que el alma no podría tambalearse sin comprometerlo todo. El cirujano inclinado sobre su tarea, el abogado defendiendo una causa, el socorrista enfrentando el desastre recurren a ella instintivamente, como a un reflejo saludable que permite que la mano no tiemble. Pero lo que fue, en la urgencia, un instrumento preciso, se convierte, cuando se instala como morada permanente, en una muralla entre uno y uno mismo. El individuo, a fuerza de pensarlo todo sin sentir nada, termina habitando su inteligencia como una cámara vacía. Se aleja de ese cuerpo que es el suyo, de esas palpitaciones que son la vida misma, de ese corazón que aún late, pero del que ha perdido la llave. Y de los otros, también, se aleja: porque ¿cómo tocar a quien se ha hecho idea? ¿Cómo amar a quien se observa amar?

En algunos de nosotros, esta armadura se forja mucho antes de que la edad adulta venga a exigir su uso. Toma su fuente en esos años primeros donde la infancia, que debería ser solo juego y luz, ya conoce sus sombras. Cuando el niño ha sufrido una pena demasiado pesada para sus jóvenes hombros, cuando no ha podido dejar correr sus lágrimas o confiarlas a un oído amoroso, cuando ha dudado de ser amado por sí mismo, sin condición, entonces la intelectualización puede presentarse ante él como una tabla de salvación. Y si, además, este niño resulta brillante en sus estudios, si la escuela le devuelve de sí mismo una imagen halagadora, la trampa se cierra con una dulzura tanto más temible. Porque la institución escolar, en su movimiento natural, recompensa el dominio, el análisis, el rendimiento, sin ofrecer apenas espacio a lo que desborda, a lo que siente, a lo que llora. Alienta, sin saberlo, ese repliegue hacia las alturas heladas del intelecto. Así, lo que fue primero una manera de sobrevivir al dolor se convierte, con el tiempo, en una manera de ignorarlo, luego de enterrarlo bajo las palabras, bajo los conceptos, bajo esa fortaleza de pensamientos que se toma por uno mismo y que no es más que una tumba suntuosa erigida en lugar del corazón.

La Formación Reactiva

La formación reactiva es esa singular mascarada del alma por la cual se viste con el traje exactamente inverso de lo que siente, como para mejor desviar la mirada del otro y quizás también la suya propia. Es un camuflaje psíquico de una sutileza a menudo desconocida. Aquel a quien roe la hostilidad despliega una cortesía tan minuciosa, tan aplicada, que se vuelve casi una obra de arte; el envidioso, en el secreto de su corazón, se prodiga en admiraciones tan cálidas que a veces llega a creérselas él mismo, por un instante; y aquel a quien el deseo atrae se envuelve en una frialdad tan perfecta que parece una segunda naturaleza. Esta metamorfosis al revés es un intento desesperado de tener a raya una emoción que se juzga indigna, inconfesable, insoportable. Sobre el escenario del mundo, “funciona”, como se dice. Se pasa por un ser cortés, cálido, distante según lo que exige la decencia. Pero en el interior, la brecha se ahonda. Cuanto más lisa se hace la máscara, más se profundiza el desvío entre ese rostro de yeso y la verdad palpitante que cubre. El individuo, a fuerza de hacer su contrario, ya no sabe quién es. Se agota manteniendo en pie esa fachada, y esta fatiga, que es la del mentiroso perpetuo, termina por consumir sus fuerzas vitales.

Sucede a veces que las apariencias más lisas cubren las aguas más turbias. Esa cortesía excesiva, esa cortesía tan aplicada que se vuelve una segunda piel, esa religiosidad que se manifiesta con un fervor casi ostentoso pueden ser, en algunos, el signo de un paisaje interior muy diferente. Bajo esas apariencias impecables, no es raro que duerman deseos que uno se ha prohibido, inseguridades cuidadosamente mantenidas al margen de la conciencia, o esa vergüenza oscura que se adhiere a ciertos episodios del pasado como una mancha que se quisiera borrar sin lograrlo jamás. El hombre demasiado educado, la mujer demasiado devota, el joven demasiado respetuoso de las conveniencias son quizás, sin saberlo, los guardianes celosos de un jardín secreto del que han perdido la llave, y su virtud misma no es sino el ruido que hace su silencio interior al agitarse para no dejar oír lo que yace en el fondo de sí mismos.

El Desplazamiento

Cuando una emoción, demasiado pesada o demasiado peligrosa para ser llevada hasta quien la hizo nacer, se ve obligada a buscar otro desahogo, toma los caminos desviados de lo que llamamos desplazamiento. Así, la ira que no se osa dirigir al maestro se derrama sobre los seres del hogar, como un agua que, al no poder romper el dique principal, se esparce por las grietas de los muros secundarios. Uno se encoleriza contra los suyos, contra el inocente que cruza su camino, en lugar de enfrentar a aquel cuya palabra o silencio encendió primero el fuego. Este mecanismo ahorra, es verdad, la confrontación temida. Mantiene la paz de las apariencias donde parecía amenazada. Pero qué paz, Dios mío, la que se compra al precio de una guerra sorda librada contra aquellos mismos a quienes se quiere. Porque la emoción desviada no se apaga; se deposita, como un veneno lento, en la atmósfera íntima, creando alrededor de uno ese clima viciado donde se respira mal, donde uno se hiere sin saber por qué, donde el amor mismo termina por alterarse al contacto de esa amargura que no es la suya. El desplazamiento no resuelve nada, desplaza, como su nombre indica. Hace viajar el sufrimiento, pero es siempre hacia aquellos que, al término del viaje, nos esperan con el corazón abierto, que su equipaje termina por recaer.

Este mecanismo es una mentira en el espacio. Desplaza el centro de gravedad del dolor, pero no alivia su peso. El hombre que golpea al lado, que hiere donde es seguro, organiza a su alrededor una geografía del miedo. Crea un mundo donde los verdaderos peligros son ahorrados y los inocentes expuestos. Es una arquitectura moral de la mala fe. Que sea común, que habite la mayoría de las moradas humanas, no cambia la naturaleza de lo que allí ocurre: la distribución inicua del sufrimiento. Y quienes habitan los muros portantes de esa arquitectura, aquellos sobre quienes recae el peso desviado, no tienen por qué habitar su jaula indefinidamente. Su presencia no es un desahogo. Su amor no es una esponja.

La Anulación Retroactiva

La anulación es ese intento casi mágico de la mente para borrar, como se borra un trazo de tiza, un pensamiento o un acto que la conciencia juzga inaceptables. Procede mediante una compensación inmediata, una especie de contrapeso destinado a restablecer el equilibrio roto. Se multiplican las excusas, se las carga con tanto fervor que parecen querer cubrir no solo la falta, sino hasta el recuerdo de la falta. Se añaden a las palabras gestos reparadores, como se añadirían ofrendas sobre un altar para aplacar a una divinidad airada. Se repite interiormente una fórmula, una frase que tiene poder de conjuro, se la habita, se la salmodia hasta que se convierte en una presencia más fuerte que la ausencia que debe llenar. Se inventan rituales, gestos precisos, sucesiones obligadas que, realizadas en el orden exacto, tienen la virtud de “neutralizar” el sentimiento culpable. Todo esto, sin duda, apacigua. Adormece la conciencia como se adormece a un niño que llora, a fuerza de arrullos y caricias. Pero también impide aprender. Porque lo que se corrige, en esa prisa por reparar, nunca es la fuente, nunca es la raíz profunda de donde la falta germinó. Se cura el síntoma, se pule la superficie, se cierra la herida sin limpiarla. Y la causa, indemne, intacta, espera simplemente su hora para florecer de nuevo.

El Aislamiento del Afecto

La disociación es ese extraño bisturí por el cual la mente corta el vínculo que une el recuerdo a su carga afectiva, como se desprendería un pecio de su ancla para que pueda flotar sin retener nada en el fondo. Quien la usa puede entonces evocar el evento más doloroso con una neutralidad tan perfecta que se vuelve glacial, semejante a esos inviernos demasiado puros donde la helada ha suspendido toda vida. Narra, describe, precisa, pero su voz no tiembla, sus ojos no se empañan. Es una protección soberana contra el derrumbe, un baluarte que permite atravesar lo insoportable sin hundirse. Pero esta salvación tiene su revés. Porque la emoción así separada, privada de su atadura, no desaparece por ello. Permanece suspendida, como una nota que no ha terminado de resonar, como un agua que no ha encontrado su cauce. Y porque no ha sido vivida, porque no ha atravesado la conciencia para depositarse en paz, volverá. Más tarde. Bajo otra forma, siempre. Se hará dolor en el cuerpo, o ira injusta, o melancolía sin objeto. Llamará a la puerta, y habrá que, un día, dejarla entrar.

Continuará […]

Related posts

Deja un comentario