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¿Cuál es el aluvión de nuestras vidas?

destinée

Nuestro paso por la tierra es corto, muy corto, y ello a pesar de que estamos llegando a la edad de un centenario. Formamos parte de una cadena de transmisión a la que no necesariamente hemos elegido adherirnos: nuestro nacimiento forma parte de una lógica multimilenaria de herencia de una cultura, de un patrimonio genético y de tantas otras cosas a las que estamos invitados a colaborar.

¿Qué piedras, qué grava podemos aportar al edificio humano? ¿Tenemos una voz que perdurará en el tiempo? ¿Puede nuestro grito ser escuchado en los límites de la cronología humana? ¿Vivimos para encarnar una idea, o nos dejamos llevar por los tormentos de una época que arrasa con todo a su paso? ¿Vivimos una vida digna de inspirar a otros?

Es difícil responder afirmativamente porque el peso de la historia puede representar una manta de plomo de la que no podemos deshacernos: los gigantes que nos precedieron nos hacen muy pequeños en comparación con ellos. Si no podemos competir con estos gigantes desaparecidos, podemos hacer todo lo posible para subir a sus hombros. Merece la pena pensar en sus vidas, y antes de pensar en transmitirlas, deberíamos preguntarnos si hemos hecho el trabajo de conservación necesario. Estudiar e inspirarse en los grandes nos ayuda a ver la posibilidad de contribuir, aunque sea humildemente, a la evolución del pensamiento que comúnmente se llama civilización.

No podemos vivir con dignidad sin tener en cuenta el trabajo de los que nos han precedido. Sin una visión de la historia y de la contribución del mundo a la civilización humana, seríamos como un barco a la deriva que se mueve en la dirección que el viento quiera darle. Somos tanto el producto como la materia prima de la historia. De nosotros depende transformarlo y darle la forma más bella.

No podemos trazar una línea recta hacia nuestro destino, éste es sinuoso, toma la forma del camino que abrimos con nuestras acciones. Lo que hacemos se convierte en lo que somos, por lo que es más que importante sacralizar la acción en el sentido de que es la idea encarnada.

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