La base de una vida en sociedad armoniosa es el respeto y el entendimiento mutuo. Sin embargo, esta capacidad de respetar y comprender al otro no se da en todos. Así, encontramos individuos de gran rudeza, carentes de delicadeza y lucidez, que parecen incapaces de vivir sin generar tensiones y conflictos a su alrededor. Algunos, no obstante, se esfuerzan por cubrirse con una aparente respetabilidad, fingiendo piedad o refugiándose detrás del prestigio de una profesión honorable. Pero la naturaleza profunda no se deja ocultar por mucho tiempo: tarde o temprano reaparece, y el observador atento descubre con facilidad lo que se esconde detrás de la máscara.
El saber estar se construye primero en el hogar y luego se consolida a través de las interacciones sociales. Se basa en la consideración y el respeto hacia cada persona, sin importar la edad o el estatus, aunque las formas de expresar ese respeto varíen. Incluye códigos propios de cada cultura, pero el principio mismo del respeto conserva un alcance universal. No haber recibido respeto durante la infancia, e incluso haber sufrido abusos, puede explicar que una persona luego tenga dificultades para respetar a los demás. Tendemos a reproducir los esquemas que hemos conocido, positivos o negativos: así, la falta de respeto suele reflejar un entorno familiar nocivo. Además, crecer con un sentimiento constante de privación hace extremadamente difícil, ya en la adultez, liberarse de él.
Lo que hace agradables las interacciones sociales es su capacidad de evocar nuestra dimensión superior y satisfacer nuestra estima personal. En este sentido, respetar a alguien es ayudarle a desarrollar lo más noble que hay en él, es decir, su alma y su espíritu. El otro es un fin y no un medio. Los problemas relacionales suelen surgir cuando el otro se convierte en un medio en lugar de un fin. Si considero a la otra persona como una forma de satisfacer mis necesidades esenciales o como una fuente de dinero, transformo a ese otro en un objeto, es decir, en una herramienta que me permite alcanzar un objetivo y ya no en una persona. Ser utilizado de ese modo es vivir una alienación que niega nuestra identidad profunda y nuestra humanidad, y ahí comienza lo ignoble. No hay nada más insoportable que ser tratado como un objeto, y este mecanismo constituye el fundamento de todos los crímenes contra la humanidad (esclavitud, genocidio, etc.). En realidad, quien te convierte en un medio no te concede ningún respeto verdadero.
A menudo nos cuesta ver la verdadera naturaleza de ciertas personas, sobre todo cuando forman parte de nuestro círculo familiar, donde nos convencemos de que hay que aceptarlo todo. En otros casos, es nuestra falta de prudencia en los primeros contactos la que nos impide desenmascararlas. Sin embargo, algunos indicios son inequívocos y pueden guiarte para tomar distancia en el momento adecuado.
Los individuos con intenciones viles suelen estar marcados por un miedo profundo que impregna sus palabras y sus actitudes. Las personas irrespetuosas se revelan a través del contenido de su discurso, que las delata. Su desconfianza exacerbada evidencia un miedo oculto que las atormenta constantemente y que coloca la primacía de la necesidad por encima de la humanidad y la compasión.
Muy a menudo, el miedo constante en el que viven algunas personas les impide razonar de forma estructurada y sostener un discurso coherente más allá de unos minutos. Su mente, parasitada por la angustia, no logra mantener un pensamiento lógico y razonable en el tiempo. Esta debilidad intelectual y emocional se traduce con frecuencia en falta de respeto, porque respetar a alguien implica, incluso de manera inconsciente, evaluar el equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe. Cuando no se sabe observar ni reconocer lo que los demás aportan, por falta de sensibilidad o de inteligencia, casi inevitablemente se cae en una forma de grosería, que es una expresión directa de la falta de respeto.
En definitiva, las personas verdaderamente a evitar casi siempre tienen en común una fuerte avidez, es decir, una profunda falta de generosidad. Este defecto las deja rápidamente al descubierto ante quienes saben observar. La capacidad de dar es un hábito que se cultiva; quienes nunca lo han practicado se delatan muy pronto por su negativa a compartir. Existen mil gestos a través de los cuales la generosidad puede expresarse: una sonrisa, una escucha auténtica, una mano en el hombro, un café ofrecido, una ayuda espontánea. Por el contrario, quienes han cerrado su corazón para dejar prosperar su avidez suelen mostrarse incapaces del menor gesto de generosidad.
Se cambia poco, y aún menos cuando se avanza en edad y ciertas tendencias se han sedimentado con los años. Por eso, una vez reconocidas estas personas por lo que son, la mejor actitud consiste en alejarte de ellas, porque solo harán más pesada tu vida cotidiana y perturbarán tu paz interior. Déjalas perjudicar a quienes acepten permanecer en su órbita, pero no te sacrifiques por ello. No te rebajes a reproducir sus actitudes; muestra más bien, con tu conducta, que otro camino es posible, más generoso y más justo. Aun así, evita dedicar tus fuerzas a transformarlas: en la mayoría de los casos, casi nunca cambian.
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