El sufrimiento moral suele tener su raíz en la mirada severa que dirigimos hacia nosotros mismos. La felicidad, en espejo, depende intrínsecamente de nuestra propia estima. Por lo tanto, la clave de la dicha residiría en el cultivo del bien. Siendo este inseparable de la virtud, es elevando las cualidades de nuestra alma como podremos aspirar a una felicidad duradera.
La búsqueda de la felicidad se distingue por su constancia, pero también por su complejidad. Comprometerse con ella exige un verdadero trabajo sobre uno mismo: puesto que la felicidad es una sensación, es inútil buscarla en otro lugar que no sea en el propio interior. Para lograrlo y comprender el bien, tres caminos se nos ofrecen: el estudio teórico, la observación de las faltas de los demás o la experiencia de nuestros propios errores.
¿Piensas seguir el camino de la virtud? Observa cómo vives. ¿Qué es lo que te hace levantarte por la mañana: el dinero, los demás o tu propio placer? No se puede perseguir el placer y la virtud al mismo tiempo. Elegir la virtud es difícil al principio, es cierto, porque exige una disciplina que la mayoría de los modelos actuales ignoran.
El mundo moderno nos bombardea con mandatos contrarios a la virtud. La huida hacia adelante en el consumo y el goce inmediato son sus síntomas más evidentes. Por consiguiente, resulta difícil elegir la buena vida cuando todo, a nuestro alrededor, incita al extravío.
Si el camino de la virtud es escarpado, también es porque requiere una parte de soledad. Este cara a cara con uno mismo es vital para evaluar nuestra propia conducta y mantener nuestra dirección. Lejos del tumulto, la soledad nos libera de influencias perjudiciales. Quien aspire a la virtud debe así tejer una amistad íntima consigo mismo, fruto de un aislamiento elegido.
¿Buscas la felicidad? Deja de buscar qué añadir y elimina lo que te pesa.
Los griegos llamaban a esto ataraxia: la tranquilidad del alma. En cuanto se eliminan los problemas, la felicidad reaparece de forma natural. Imagina un cielo azul: el sol siempre está ahí, basta con apartar las nubes para verlo brillar.
Si bien la idea de que hay que sufrir para ser bello, sano y, con mayor razón, feliz está muy extendida, se vuelve tóxica —e incluso mortífera— cuando dicta todos los aspectos de nuestra vida. La búsqueda de la excelencia no debe hacernos olvidar lo esencial: nuestro paso por la tierra merece ser celebrado. La vida está hecha para ser vivida, no para ser padecida. Saber quitar la piedra del zapato no es una falta de combatividad, sino una prueba de inteligencia y de benevolencia hacia uno mismo. Ciertamente, muchos de nuestros sufrimientos cotidianos pueden sublimarse y hacernos crecer. Pero cuando la prueba se convierte en la norma, es vital alejarnos de lo que nos hiere antes de enfermarnos por ello.
El exceso de trabajo es un mal extendido. Ya sea por ambición, por masoquismo o por exceso de celo, a menudo cedemos a la tentación de hacer siempre más. Esta exigencia productivista nunca es un llamado del alma; generalmente es el resultado de un condicionamiento social. Muchos hacen demasiado para agradar a los demás, precisamente a aquellos que, sin embargo, son la causa de su infelicidad.
¿De qué sirve esforzarse tanto si es para construir sobre arena? El trabajo duro se parece demasiado a esos ríos que fluyen sin rumbo, sin alcanzar jamás el mar. El oro que se codicia brilla, ciertamente, pero su resplandor se apaga pronto cuando no ilumina nada grande. Busca primero la llama y no su reflejo: una vez que encuentres aquello por lo que estás dispuesto a arder, cada gesto, cada esfuerzo llevará en sí su propia luz, y el camino se abrirá ante ti como una evidencia.
La obsesión por la felicidad es una trampa que nos tendemos a nosotros mismos: al quererla a toda costa, no abrazamos más que su sombra. Vivimos por delegación aquello que deberíamos habitar plenamente. La verdadera felicidad comienza allí donde cesa el afán de aprehender. Nace de ese abandono, de esa gracia que consiste en acoger lo que es y en experimentarse a uno mismo en contacto con lo real. No se concede: se conquista —a menudo por caminos escarpados, por travesías inciertas—. Y a veces, en el recodo de una prueba, justo donde ya no la esperábamos, la satisfacción nos aguarda, discreta como una luz que se eleva.
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