Sin duda ya habéis oído a algún amigo prometer que se dedicará a los demás, pero solo una vez asegurada su propia fortuna. Es un razonamiento engañoso, porque olvida que el camino transforma al viajero. Vuestras acciones intermedias os modificarán en lo más profundo, hasta el punto de hacer de vosotros unos desconocidos para vosotros mismos.
Pensar solo en enriquecerse durante 10 o 15 años para luego desarrollar una fibra filantrópica es, en el mejor de los casos, ingenuo y, en el peor, totalmente deshonesto. Querer crear un imperio basado en valores desviados para después hacer de buen samaritano es una mentira en la que pocas personas pueden creer. El mundo de los negocios es un océano infestado de tiburones; para sobrevivir sin ser devorado, hay que saber nadar en aguas turbias y afilar las propias armas. Frente a los tiburones que dominan el mundo empresarial, la supervivencia a veces exige convertirse uno mismo en depredador para no acabar como cebo.
¿Qué pensar entonces de una persona que, después de hacerse lobo para tratar con los lobos y, en definitiva, enriquecerse, decidiera abandonarlo todo para dedicarse a la filantropía? Las acciones tienen consecuencias, y hay decisiones tan graves que ni siquiera las obras caritativas pueden hacer olvidar.
Las renuncias de hoy tiñen el alma de mañana con colores casi indelebles. Por mucho que dentro de diez años os presentéis como benefactores, vuestras componendas pueden empañar para siempre vuestra alma. Vuestras acciones, lo que en sánscrito se llama karma, os elevan o os rebajan espiritualmente. Tras años consagrados exclusivamente al dinero, suele ser ilusorio querer hacerse pasar por un mecenas sincero: no se puede enseñar la generosidad a un cerebro condicionado por la ganancia.
No midáis vuestro valor por la vara de vuestras ganancias, sino por la riqueza de vuestras acciones. Nuestra sed de victoria perpetua no es más que el síntoma de una sociedad esclavizada por el cálculo, pues lo que se puede contar se puede controlar. Pero el alma no habla el lenguaje de las matemáticas; pertenece al reino de las palabras y del sentido. Para nutrirla, debéis abandonar la dictadura del resultado y aprender a amar el camino recorrido, independientemente del destino.
Las únicas oraciones que realmente cuentan son los esfuerzos que realizáis cada día en una dirección, sin importar los resultados que obtengáis, porque estos no os pertenecen, sino que pertenecen a Dios. Al final, Dios no nos juzgará por lo que hayamos logrado, sino por hacia dónde hayamos orientado nuestro corazón. Las acciones repetidas del día a día nos empujan en una u otra dirección. Cada jornada es una elección deliberada que hacemos, mediante nuestras acciones, de acercarnos a Dios o no.
Cada cultura tiende a moldear a los suyos según sus propios códigos. Si bien las sociedades desarrolladas brillan por su eficacia capitalista, también pueden resultar aplastantes, no dejando al individuo otro horizonte que producir y consumir. En definitiva, estas sociedades tienden a atrofiar la dimensión espiritual del individuo. Entonces es deber de cada uno arrancarse de su tierra natal si esta se convierte en un obstáculo para su elevación personal.
A veces, la mejor protección consiste en marcharse. No se puede resistir a un entorno o a un sistema pensado para controlarnos, tanto nuestros actos como nuestros pensamientos, hasta en el más mínimo detalle. Algunos lo logran, pero al precio de un gran sufrimiento o de una marginación extrema. Incluso Gandhi, para oponerse al yugo colonial, tuvo que retirarse a un ashram, viviendo en autarquía según sus propios códigos, al margen de la sociedad. Si lográis esa misma insumisión sin abandonar vuestro entorno actual —quizá gracias al apoyo de comunidades digitales—, se trata de una verdadera hazaña. Sin embargo, tal logro sigue siendo la excepción.
La redención más auténtica se vive en secreto. Cuando algunos buscan deslumbrar al mundo con grandes obras filantrópicas, es legítimo cuestionar sus intenciones. La salvación sigue abierta a todo aquel que camina lejos de los focos, en un diálogo discreto con lo eterno. La aprobación humana tiene poco peso: lo esencial es que vuestro corazón permanezca en sintonía con Dios, sin turbarse ni siquiera ante la mirada de los poderosos. Que vuestro corazón siga siendo vuestro único guía, para que vuestra conversión sea verdadera. Porque la grandeza de alma se mide mucho más por la pureza de la intención que por la desmesura del acto.
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