En una sociedad plagada de dudas e incertidumbre, el dinero es un refugio crucial del que la gente no quiere prescindir. La riqueza material ofrece una seguridad que va mucho más allá de la comodidad de la vida en algunos países, se trata incluso de la supervivencia. ¿Cómo podemos entonces tener la desfachatez de descuidar esta realidad y utilizar el famoso mantra “el dinero no hace la felicidad” como estandarte de una vida rebelde e inconformista? No se puede privar de recursos si el dinero condiciona el hecho de comer o no o si es el sésamo de un acceso a la atención médica. Sin supervivencia, no existe una buena vida.
Una vez superada la etapa de la supervivencia, podemos preguntarnos si el dinero importaría tanto si todos fuéramos felices o estuviéramos tranquilos. La insatisfacción no es tanto un síntoma de nuestra infelicidad como de la adhesión a una ideología que hace del dinero algo esencial para alcanzar la felicidad. Sin insatisfacción, una economía hipercapitalista no puede sostenerse. Para que una sociedad se adhiera a los dogmas consumistas, sus habitantes deben renunciar a la búsqueda de la felicidad por medios inmateriales. Si la felicidad puede comprarse y venderse, el beneficio es posible.
Es fácil comprender que si uno busca la serenidad por medios tradicionales, se encuentra a la vez liberado de una carga y excluido de un mundo cuyas reglas ya no obedece. Encontrar un camino libre hacia la felicidad debería ser nuestra primera preocupación. Buscar la dicha no es lo mismo que tomar una autopista de peaje, sino un camino montañoso en el que a veces nos encontramos con guías que nos pueden aconsejar. Encontrar ciertas claves para la quietud nos hace más resistentes e impasibles en un mundo agitado. No podemos manipular nuestros deseos si nuestra mente está tranquila y serena. Así, el valor de nuestra riqueza material parece ser comparable sólo a nuestro nivel de felicidad. Sin serenidad, la riqueza sólo es un instrumento para satisfacer nuestros deseos más inmaduros.
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