La visión culturalmente dominante del amor se basa en la idea de un encuentro romántico, marcado por el flechazo y la pasión. Sin embargo, allí donde esta visión se ha impuesto, el vínculo conyugal se ha debilitado: los países que la adoptaron han visto dispararse sus tasas de divorcio hasta niveles vertiginosos —más del 80 % en España, más del 90 % en Portugal, según algunas fuentes—. Por el contrario, un país que rechaza esta concepción presenta una tasa de divorcio inferior al 1 %: la India, que ofrece numerosas enseñanzas sobre la longevidad del matrimonio.
Cabe señalar, no obstante, que en la India el divorcio está fuertemente desalentado por un sistema social restrictivo, marcado por la exclusión social y la ausencia de ayudas públicas, especialmente para las madres solteras. Lo que moldea en profundidad la estructura matrimonial en la India es, ante todo, la práctica ampliamente extendida de los matrimonios concertados. Si bien este modelo puede —con razón— ser cuestionado en ciertos aspectos, en particular en lo relativo al consentimiento en algunos casos, no deja de ser cierto que muestra un notable “rendimiento” en términos de durabilidad matrimonial, así como la estabilidad que proporciona a millones de niños nacidos en estos entornos familiares. Ciertamente, en otras circunstancias —sobre todo si las mujeres gozaran de mayor independencia material— los divorcios serían sin duda más numerosos; aun así, resulta difícil imaginar que una sociedad basada en el matrimonio concertado pueda alcanzar tasas de divorcio comparables a las de los países occidentales contemporáneos.
Si hubiera que identificar las razones de este éxito, podría afirmarse que uno de sus fundamentos reside en la ausencia de una profusión de opciones, tanto antes como después del matrimonio. A diferencia de los países occidentales, la India no fomenta la práctica de las citas. Tener novio o novia está ampliamente mal visto, percibido como una falta de compromiso o de seriedad. El matrimonio sigue siendo la vía privilegiada hacia la familia y constituye su objetivo principal. En contraste con la visión dominante en Occidente, que considera la multiplicidad de parejas como un medio para mantener el romanticismo y acumular “experiencia vital”, la cultura india concede mayor valor a la noción de pureza, ya sea del corazón o del espíritu. Esta convicción antigua, probablemente arraigada en el patriarcado, parece imponerse por igual a mujeres y hombres. La misma noción conduce a una especial atención en la elección del futuro esposo o esposa: la sociología del cónyuge potencial prima sobre la existencia —o no— de un amor arrebatador.
Si se opusieran estas dos visiones de un solo trazo, se diría que una concibe el amor como un encuentro, mientras que la otra lo entiende como una construcción paciente. Una busca los números ganadores de la lotería; la otra imagina una casa por edificar. La primera se aferra a un presente oportunista; la segunda se orienta hacia el futuro. Una casa no se construye en un día; una familia tampoco. La pareja, corazón de este edificio, es el punto de partida del que nacerán los hijos futuros: por eso merece cuidado. Dicho esto, la pareja no es más que el amanecer de algo más grande. Desde esta perspectiva, el amor se templa en las pruebas: obstáculos que superar juntos, dificultades que resolver en pareja, una confianza que se fortalece. El amor no se recibe hecho: se construye, porque se merece. Y solo a través de la prueba del tiempo se revela el verdadero valor de una persona —y la solidez de un vínculo.
Ciertamente, nadie puede gustar a todos —y viceversa—. Un encuentro nunca es del todo azaroso: es el resultado de una construcción previa, la de dos individuos. Si alguien nos atrae, quizá sea el fruto de un trabajo paciente sobre el cuerpo y el espíritu. Otros objetarán que no es así: también nacemos con atributos que, en principio, no proceden de una construcción. Otros, por el contrario, lo verán como el resultado de una construcción que se extiende a lo largo de varias vidas, a través de las encarnaciones. Sea como fuere, cuando conocemos a alguien, admiramos en él algo —a menudo nacido de un trabajo sobre sí mismo— y eso nos afecta. En definitiva, el encuentro simbiótico no es más que una resonancia entre conciencias íntimamente afines. Así, el amor se construye primero en uno mismo antes de construirse en pareja. Cuanto más haya sabido una persona hacer crecer el amor en su interior, más capaz será de armonizar con alguien que lleve en sí un amor de igual intensidad.
Creer que una relación es solo un encuentro nos inclina a idealizar al otro, a fijarlo en la imagen inicial. Pero la embriaguez del comienzo no debe hacernos olvidar la longitud del camino: para durar, hay que acoger los obstáculos uno a uno, pues cada prueba superada se convierte en una piedra más que fortalece a la pareja.
Si tantas personas se separan, quizá sea porque permanecen prisioneras de la imagen inicial del otro y ya no soportan la distancia con la persona real que se va revelando. La pareja debería pensarse como una aventura: dos seres que se apoyan para perseguir objetivos comunes, sin renunciar a sus aspiraciones propias. En el fondo, formar pareja es sellar una alianza —casi entre dos clanes— para hacer crecer una descendencia o, más simplemente, para convertirse en una mejor persona.
Muchos viven en la ilusión de conocerse, por falta de experiencias lo suficientemente fuertes como para templar su carácter. Lo mismo ocurre con la pareja: necesita dificultades para encontrarse verdaderamente; antes de eso, cree conocerse. ¿Cómo, entonces, pretender encontrar a la persona adecuada si no se conoce uno mismo hasta el final?
Una decisión —y más aún cuando implica mucho— nunca debería tomarse desde la carencia: el cansancio, la ira o la soledad nublan el juicio. Cuando el hambre aprieta, uno se lanza fácilmente a cualquier cosa: comida rápida, alimentos grasos y poco equilibrados. En cambio, entrar al supermercado saciado conduce a comprar con mucha más lucidez. Comer bien, en el fondo, es elegir lo que se comerá cuando no se tiene hambre. Lo mismo ocurre en el amor: si la soledad pesa y no se ha aprendido a domesticarla, se buscará una presencia a cualquier precio, sin considerar siempre el valor humano ni la calidad moral de la persona. Por eso es esencial saber estar bien solo en estas circunstancias. Muy a menudo es en la soledad donde se profundiza el conocimiento de uno mismo y se cultiva la autenticidad.
La pareja puede convertirse en un lugar de alienación cuando el deseo de agradar al otro prevalece sobre la afirmación de uno mismo. En filosofía, la alienación es la pérdida de la libertad y de la conciencia crítica bajo el efecto de restricciones sociales, económicas o ideológicas. En psicología, la alienación designa un trastorno en el que el individuo se siente extraño a sí mismo o a la realidad, marcado por una pérdida de referencias o un fenómeno de despersonalización. Ahí reside la trampa: la pareja proporciona felicidad, pero mantenerla puede llevar a una adaptación constante a las expectativas del otro, al precio de una renuncia a uno mismo, fuente de un malestar final. Para evitar este escollo, es necesario preservar la autenticidad haciéndola compatible con la relación, lo que exige instaurar una comunicación continua dentro de la pareja.
Nuestra memoria nos engaña: creemos saber, cuando el tiempo y la distancia moldean nuestros recuerdos,…
Existen muchas formas de enfrentarse a nuestros demonios internos. Algunas personas logran superarlos, pero terminan…
Cuando observas de cerca las vidas de las personas más admiradas—estrellas de cine, atletas, figuras…
Hay cosas que son intemporales y otras que, por el contrario, cambian con cada generación.…
No es fácil ser uno mismo, y el mundo laboral es el primer lugar donde…
Lo que nos impide ser felices es sentirnos víctimas de nuestro entorno e interpretar los…