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Aumentar nuestra gratitud

Nuestra insatisfacción es tanto el síntoma como la causa de nuestra infelicidad. Rara vez estamos contentos con lo que tenemos, con lo que somos o con lo que hacemos. La búsqueda insaciable de ganancias y honores nos lleva a desear constantemente un lugar idealizado. Esta incapacidad se forjó en nuestra más tierna infancia: crecimos en una época en la que lo temporal primaba sobre lo espiritual. Por extraño que parezca, creer en el más allá hace que la vida presente sea más aceptable: nuestra vida, por difícil que sea, se convierte en el precio a pagar para acceder a un lugar más sereno. Se supone que la materialidad es la mejor expresión de nuestro mundo interior, hay una especie de confusión. Ante la paradoja de una exterioridad desfasada con nuestro mundo interior, se produce un malestar y finalmente ya no somos capaces de apreciar lo que tenemos o lo que hacemos porque contrasta con lo que somos por dentro.

Nos convertimos en un iceberg invertido: la mayor parte de nuestra identidad se despliega en gran medida en el campo de lo visible, por lo que no hemos profundizado lo suficiente en nuestro ser. La incapacidad de expresar cualquier forma de gratitud tiene su origen en esta constante huida hacia adelante: nos proyectamos en el mundo como si quisiéramos escapar de nosotros mismos.

Los contratiempos y otros fracasos nos obligan a reconocer la suerte que hemos tenido hasta ahora. Estas pausas que tomamos por calamidades se revelan la mayoría de las veces como bendiciones sembradas por la providencia para hacer florecer la semilla de nuestra gratitud. Olvidar las buenas gracias que han llenado nuestro camino es quizás lo que más nos caracteriza. Damos las cosas por sentadas y deseamos otras sin ver que esos logros son en realidad sólo deudas que saldamos con una forma de agradecimiento o al menos con la observación de que esas bendiciones son preciosas.

Para aumentar nuestra gratitud, debemos deshacernos de la idea de que merecemos algo, de que somos especiales o superiores a los demás. Las cualidades de las que disfrutamos, aunque sean fruto de nuestro trabajo, deben ser admiradas y tratadas como dones divinos. Tenemos libre albedrío, pero hay algo mayor que escapa a nuestro control. Por último, expresar la gratitud es contemplar lo que nos sobra en lugar de lamentar todo lo que creemos que nos falta.

Edward

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